El elegante show del eterno ‘crooner’ hispano

Julio Iglesias le dio rienda suelta a su carisma, galantería y su diversidad cultural durante una hora y media en el Teatro Ferias de Durán

Julio Iglesias no necesita presentación. Simplemente aparece en el escenario y se dedica a cantar. Quizás por eso en el momento menos esperado Justin Perry soltó las primeras notas de su teclado ante el asombro de un público acostumbrado a los retrasos habituales en otros conciertos. No era una prueba de sonido.

De hecho, las pantallas laterales mostraba al bajista Alberto Casas, al guitarrista Antonio del Corral, al saxofonista Michael Scaglione y al baterista Omar Hernández quienes de a poco se unieron a la melodía de Perry.

Era cuestión de esperar unos segundos más para que Julio Iglesias apareciera en el escenario del Teatro Ferias de Durán, a las ocho y media de la noche. Y lo hizo con su característica elegancia que consiste en saco, pantalones y corbata negra, más una impecable camisa de tono blanco inmaculado.

Sin preámbulo, ni presentación -es que el divo español no la necesita- dejó salir de su garganta los estribillos iniciales de ‘Amor, amor, amor’, aferrado al centro del escenario donde siempre cayó la luz cenital y de donde casi no se movió, tal como hace en sus conciertos desde hace casi 45 años en que empezó su recorrido artístico después de abandonar una carrera en Derecho que combinaba con otra como arquero del Real Madrid que solo una grave lesión truncó.

La pinta y voz de Iglesias era la de un ‘crooner’, así a la antigua, de esos que décadas atrás se apoyaban de las ‘big band’, al estilo de Frank Sinatra o de Bing Crosby. Y lo de sus registros vocales tiene que ver con el hecho de saber manejar los altos y graves, de tal forma que podía disimular cualquier defecto propio de los 69 años de edad que ya tiene. A eso se añadía su conocida pose de tomarse el pecho y el estómago con su mano derecha, mientras cierra sus ojos para alcanzar el ‘feeling’.

“La vez pasada estaba en el estudio y pensaba sobre cuántas veces he cantado en Guayaquil. Es posible que mucho de ustedes no había nacido aún cuando vine por primera vez”, decía el intérprete, nacido el 23 de septiembre de 1943 en Madrid, a esos privilegiados que acudieron a las localidades de Golden Box y Julio Box.

Iglesias no necesitaba de más gente. Una lona que cubría la valla divisoria entre las sillas y los graderíos marcaban el territorio en el teatro, diseñado para un show elegante y sobrio que solo podía ofrecer el cantante que ha grabado discos en 14 idiomas distintos.

No cabían los excesos de un público que apenas soltaba una que otra bocanada discreta de cigarrillos. Era un espectáculo para disfrutarlo sentado, salvo ocasiones de ovación para Iglesias cuando soltaba algunos versos ‘a capella’.

‘Nathalie’, una de sus clásicas, fue la segunda del repertorio que supo combinar las baladas con las canciones de corte bailable como ‘La gota fría’, ese vallenato que hace 74 años creó el ya fallecido Emiliano Zuleta, y que en la década del 90 popularizó Carlos Vives.

Allí ‘La gota fría’ dio rienda suelta a los movimientos sensuales de Alona Berry, Larissa Villalba y Alina Korniek, las tres coristas de Iglesias, mientras que Scaglione dejó el saxo y tomó la flauta que reemplazó al acordeón base de ese y cualquier otro vallenato.

Y claro, como el divo madrileño es conocido también como galán -de hecho, muchos afirman que él ha estado con 3 mil mujeres, algo que ni niega, ni confirma-. Fiel a su estilo en otros conciertos y entrevistas, Iglesias besó en la boca a Alona, la más alta de sus coristas, quien segundos antes había movido seductoramente sus caderas alrededor del cantante. Aquel beso es solo parte de su show, algo que hace tiempo aceptó la holandesa Miranda Rijnsburgern, su segunda y actual esposa.

Iglesias es un artista universal, de diversidad de culturas, que lo convierten en políglota. Se confiesa como un amante del tango -de hecho, hace 17 años grabó un disco en este género musical argentino-.

“El tango para los latinos es como una pose vertical para hacer el amor. Yo nací por culpa de un tango. Ojalá mañana salgan algunas embarazadas después de escuchar este tango”, bromeó el cantor hispano, mientras los bailarines Hernán Gelosi y Soledad Fernández seducían con sus movimientos. Iglesias repasaba ‘A media luz’.

Y no fue el único tango que el español interpretó. El otro fue ‘La cumparsita’, que incluyó una nalgada que iglesias le dio con el micrófono a Soledad, que se evidenció con un fugaz ‘feedfback’.

A Iglesias le preocupaba el sonido. Por eso preguntaba si lo podían escuchar.

‘Un canto a Galicia’, clásica de 1972 que le escribió a su padre, formó parte de su repertorio. A esa le siguieron ‘Me olvidé de vivir’, ‘Échame a mí la culpa’ o ‘My sweet Lord’, original del fallecido exBeatle, George Harrison, en la que Iglesias se despojó por unos minutos del saco y quedó en chaleco, camisa y corbata.

El recordman europeo fusionó su canto con discursos -entre ellos dijo que “Ecuador ya no es un país de sueños, sino de realidades. Muchos hijos de ecuatorianos nacidos en España pronto volverán porque Ecuador no será un país de migrantes, sino de inmigrantes”-.

Hablaba de grabar un disco inimaginable con Bruno Mars, Justin Timberlake y otros íconos contemporáneos del pop, mientras soltaba sus canciones ‘Manuela’, ‘De niña a mujer’, ‘El amor’, ‘Oh mamy blue’, ‘Abrázame’, ‘La paloma’, ‘Besos ternura’, ‘La vida sigue igual’, ‘Me va, me va’ y ‘A mi manera’ (‘My way’, original de Paul Anka y popularizada por Sinatra), con la que cerró su recital. A las diez y cuarto de la noche se levantó, juntó sus manos y se fue, sin aspavientos, tal como llegó.

Tras unos minutos de espera, ocurrió lo impensado: Los Panchos aparecieron en el escenario. El público se quedó confiando en que Iglesias volvería para hacer dueto con ellos, pero no sucedió.

Fuente: PP El Verdadero