Tras la pista del dengue

El estrecho lugar donde Joubert Alarcón Ormaza, un entomólogo del Servicio Nacional de Erradicación de la Malaria (SNEM), pasa gran parte de sus días junto a su secretaria y a cuatro personas más, podría ser considerada como la casa de la bestia.

Una sentencia que parecería inapropiada si se observa que la referencia es por un ser minúsculo, de cinco milímetros y fácil de ser aplastado de un manotazo. Pero es preciso, si se toma en cuenta, el daño que ha provocado los últimos 35 años.

En lo que va del 2012, el Ministerio de Salud Pública ha reportado 20 personas fallecidas y otras 10.000 contagiadas por una de las enfermedades que transmite el Aedes aegypti.

En la sala donde hay dos microscopios, apuntes con referencias numéricas y carteles de campañas sanitarias pegados en las paredes, existen ocho cubículos de 70 por 70 centímetros en cuyo interior evolucionan, por separado, cientos de especímenes de este insecto.

El lugar que es una auténtica ‘granja de mosquitos’ donde machos y hembras se reproducen, sirve para estudiar el comportamiento de este enemigo.

Acercando la mirada hasta la malla que evita que se escapen, es posible descubrirlos desde su fase de tempranos huevecillos que las hembras colocan en bordes de recipientes llenos de agua y que luego se transforman en larvas, hasta pasar a la etapa de pupas, el estado al que llegan horas antes de que se desprendan de sus cápsulas biológicas, saquen sus alas y finalmente, inicien sus azarosos vuelos, en busca de una piel.

Migrante Indeseable. El Aedes aegypti es una bestia dañina y a veces letal. Un insecto ladino e insignificante que desde finales del siglo XIX, e inicios del pasado ha provocado tantos fallecimientos. Primero fue la fiebre amarilla, cuyo último caso fue reportado en 1919, luego de las 3.000 muertes en una ciudad de 20.000 habitantes.

En los años 50 fue erradicado del país, pero volvió, esta vez, a la sombra de otro mal: el dengue. Fue Joubert Alarcón y Alvarado, hoy de 74 años, padre de quien dirige el departamento de entomología, quien lo identificó en junio de 1977 entre las muestras recogidas en Manta por un grupo de inspectores, en un lote baldío frente a la antigua fábrica de hielo.

Corrió la noticia y los diarios se acordaron de la fiebre amarilla. Sin embargo, la alerta que emitió un grupo de entomólogos que se citó en Bogotá, en mayo de 1974, para la Tercera Reunión del Comité Científico de la OPS, hablaba del dengue.

Viaje de 180 km. Entre 1977 a 1985, el mosquito, al que los entomólogos describen como un insecto diurno y de poco vuelo, no más de 100 metros, hizo el camino desde Manta hasta Guayaquil. Recorrió 22,5 kilómetros por año, en buses interprovinciales, carros particulares, maceteros o tanques con agua almacenada.

Así hasta que cierto día, un 4 de marzo de 1985, otro grupo de inspectores del SNEM, ubicó larvas del Aedes aegypti en el patio de una casa en el perímetro de las calles Colón a Gómez Rendón y de Lizardo García a Machala (parroquia Sucre).

Pero no era el primer lugar al que había llegado. En la parroquia Letamendi (de Gómez Rendón al estero Las Ranas y de Lizardo García a la calle 11), se descubrió que en 1.722 casas de 470 manzanas que conforman este sector, ya habitaba ese ‘migrante indeseable’, el mismo que tres años después provocó el contagio de dengue clásico en 600.000 personas.

Desde entonces, aquel mosquito se volvió endémico, es decir, un habitante más de Guayaquil y de otras 1.018 localidades en 20 provincias.

Hasta la oficina de entomología, ubicada en la ciudadela Naval Norte, llegan cada día reportes de personas contagiadas de dengue (clásico o grave).

A las 08:15 la camioneta Dmax con sellos del SNEM a los costados, traslada a los técnicos a diferentes sectores donde habita el enfermo.

Como esos personajes de la película ‘Los cazafantasmas’ de 1984, van en busca del mal. Llevan instrumentos -piquetas, cárpules, abate (1.650 gramos) y capturadores de mosquitos adultos- y hurgan entre los rincones, maceteros, cisternas, botellas vacías.

No es una tarea difícil, pero sí tediosa. Es común encontrarse con puertas que nunca se abren o respuesta tan obvias como “no tengo tiempo”, “dice mi mami que no está”… perros furiosos que nadie controla o como ocurrió con Simón Granda, de 62 años, quien en mayo, por no dejarse robar, recibió un disparo en el pecho que lo mató de contado en el bloque 10-A de Bastión Popular.

“Era mi jefe y andaba en una brigada del SNEM. En 22 años me han robado 10 veces. Nunca me enfermé de dengue, pero a veces nos ocurren cosas peores”, dice Julio Segura, uno de los inspectores que el jueves pasado recorrió el sector de la 28 y Sedalana, tras el Aedes Aegypti.

Fuente: Diario Expreso